Apicultores y organizaciones agrarias de distintas comunidades autónomas están lanzando estas últimas semanas una misma señal de alarma. Extremadura, Castilla y León o Galicia ofrecen cifras diferentes, pero dibujan un escenario común: cae la producción, aumenta la mortalidad de las colmenas y producir miel resulta cada vez más caro. Sequía, altas temperaturas, incendios, varroa, abejarucos, avispa asiática, incendios, carburantes e importaciones a bajo precio se acumulan en una campaña especialmente complicada.

No se trata de un problema localizado en una única comarca ni de una mala cosecha aislada. Durante las últimas semanas de agosto se han sucedido las noticias procedentes de distintas zonas productoras de España en las que asociaciones de apicultores y organizaciones profesionales agrarias advierten de una situación cada vez más difícil para mantener la rentabilidad de las explotaciones.

Los datos nacionales conocidos recientemente tampoco invitan al optimismo. Según las estadísticas de producción de miel y cera correspondientes a 2025, España produjo unas 29.350 toneladas de miel, frente a algo más de 33.000 toneladas en 2024. Es decir, un descenso de aproximadamente el 11,5% en un solo año.

Y la campaña de 2026 está añadiendo nuevos problemas.

Extremadura: producción un 50% menor y una “tormenta perfecta” para los profesionales

Extremadura, la comunidad con mayor censo de colmenas de España, es probablemente donde las advertencias han adquirido un tono más preocupante durante los últimos días.

UPA-UCE Extremadura aseguraba el 25 de agosto que la producción de miel de esta campaña había caído en torno a un 50%, a lo que se han sumado los daños ocasionados por los incendios forestales.

El problema del fuego no termina, además, con las colmenas directamente alcanzadas por las llamas. Algunas de las zonas a las que regresan las explotaciones trashumantes después del verano han perdido buena parte de la vegetación, reduciendo los recursos disponibles para alimentar a las colonias.

Pocos días después, APAG Extremadura Asaja alertaba de otro dato especialmente preocupante: la mortandad de la cabaña apícola superaría el 50%, señalando entre los factores responsables la sequía y la fuerte presión de los abejarucos.

La Asociación Profesional Extremeña de Apicultores (APAEX) ha definido directamente la situación de 2026 como una “tormenta perfecta”: tormentas, incendios, sequía, caída de la producción, elevada mortalidad de colmenas, abejarucos y unos costes de explotación cada vez mayores.

Entre ellos destaca especialmente el combustible.

La trashumancia es característica de buena parte de la apicultura profesional española y obliga a trasladar las colmenas varias veces al año siguiendo las distintas floraciones. Por eso, el encarecimiento del gasóleo tiene un efecto directo sobre la cuenta de resultados.

La Unión Extremadura reclamaba ya a principios de agosto una línea de ayudas de 8,71 millones de euros destinada a compensar el incremento de los costes, especialmente los derivados del combustible.

Salamanca: entre un 50% y un 60% de mortandad invernal

La situación tampoco parece mucho mejor en Salamanca, una de las principales provincias apícolas de España.

La provincia concentra alrededor de 270.000 colmenas, según los datos manejados por la Asociación de Apicultores de Salamanca, y sus profesionales advierten de que numerosas explotaciones pueden estar en peligro.

Su presidente, Castor Fernández, hablaba recientemente de mortandades invernales de entre el 50% y el 60%, acompañadas por una reducción de las cosechas y un incremento constante de los costes.

A las dificultades climáticas se suman allí dos viejos conocidos de los apicultores: la varroa y el abejaruco.

La preocupación por Varroa destructor ha llegado además al conjunto de Castilla y León. UPA había solicitado adelantar los tratamientos ante el incremento de la mortalidad de colmenas y la Junta estableció posteriormente el periodo de aplicación del tratamiento obligatorio contra la varroosis.

El propio Gobierno de Castilla y León ha reconocido que el sector atraviesa una situación especialmente complicada, marcada por la sequía, las elevadas temperaturas, la pérdida de rentabilidad, unos precios de la miel que no evolucionan al mismo ritmo que los costes y la expansión de enfermedades.

Galicia: de 20 a 10 kilos de miel por colmena

Aunque el modelo productivo gallego es diferente al de las grandes explotaciones trashumantes del centro y sur peninsular, el diagnóstico económico vuelve a ser muy parecido: menos producción y más gastos.

La Agrupación Apícola de Galicia calcula que la producción media habría pasado de unos 20 kilos de miel por colmena hace cinco años a alrededor de 10 kilos actualmente.

En algunas zonas, las explotaciones habrían sufrido pérdidas de entre el 50% y el 80% de sus colmenas.

Aquí aparece además con especial intensidad otro problema sanitario: la Vespa velutina. La lucha contra la avispa asiática obliga a incrementar la vigilancia y los gastos de las explotaciones al mismo tiempo que su presión sobre los colmenares reduce la actividad de las abejas.

A ella se suman la varroa, las alteraciones meteorológicas de las floraciones y unos precios de mercado que dificultan repercutir al consumidor el incremento de los costes.

El resultado lo resumía gráficamente uno de los representantes del sector gallego: producir miel ya no garantiza, por sí mismo, que una explotación sea rentable.

La varroa vuelve a situarse en el centro del problema

Pese a que cada territorio presenta circunstancias diferentes, hay un problema prácticamente transversal a toda la apicultura española: Varroa destructor.

No estamos ante una amenaza nueva, pero la dificultad para mantener bajo control las poblaciones del ácaro está aumentando la preocupación del sector.

La propia normativa de Castilla y León reconoce a la varroosis como la principal enfermedad parasitaria de Apis mellifera y recuerda sus consecuencias: debilitamiento de las colonias, mayor susceptibilidad frente a otras patologías y aumento de la mortalidad.

Precisamente por ello cobra cada vez más importancia que los apicultores no se limiten a aplicar tratamientos de forma rutinaria, sino que monitoricen los niveles de infestación antes y después de tratar, comprobando si los productos utilizados están funcionando realmente.

Una colonia aparentemente fuerte después de la cosecha puede deteriorarse muy rápidamente si llega al final del verano con una elevada presión de varroa.

Sequía y calor: cada vez resulta más difícil prever las floraciones

El clima es otro de los factores que se repite prácticamente en todas las informaciones.

La sequía reduce las floraciones y la disponibilidad de néctar; las temperaturas extremas pueden acortar floraciones que tradicionalmente proporcionaban cosechas importantes y los largos periodos sin precipitaciones obligan, cada vez más, a incrementar la alimentación suplementaria, otro coste importante para las explotaciones.

Pero quizá uno de los problemas más difíciles de gestionar sea la irregularidad.

La rentabilidad de una explotación trashumante depende en buena medida de anticipar floraciones, desplazar las colmenas en el momento adecuado y obtener una determinada producción por asentamiento.

Cuando esas floraciones se adelantan, se retrasan, duran mucho menos de lo habitual o directamente no producen néctar suficiente, la planificación se vuelve mucho más complicada.

Y los kilómetros recorridos siguen costando dinero aunque las colmenas vuelvan prácticamente vacías.

El abejaruco deja de ser un problema secundario

Otro elemento aparece con especial intensidad este final de verano: el abejaruco (Merops apiaster).

Los apicultores extremeños llevan años denunciando su presión sobre determinados colmenares, pero la combinación de grandes concentraciones de aves con colonias debilitadas por la falta de alimento o la varroa puede amplificar considerablemente el problema.

No se trata únicamente de las abejas que consume cada ave.

Cuando la presión es elevada, las pecoreadoras reducen o interrumpen sus vuelos, disminuye la entrada de néctar y polen y la colonia puede permanecer parcialmente bloqueada dentro de la colmena precisamente en uno de los momentos más delicados del año.

Las organizaciones apícolas reclaman desde hace tiempo soluciones que permitan compatibilizar la protección de una especie silvestre protegida con la supervivencia económica de las explotaciones profesionales.

Y después llegaron los incendios

A todos estos problemas se ha añadido este verano el impacto de los incendios forestales.

Las consecuencias más visibles son las colmenas quemadas, pero económicamente el daño puede ser mucho mayor.

Un incendio destruye también años de recursos apícolas.

Montes de romero, brezo, jara, encina, castaño u otras especies melíferas pueden tardar varias campañas en recuperar su capacidad productiva. Los apicultores afectados no solo pierden la cosecha actual: pueden perder también asentamientos que formaban parte de sus rutas de trashumancia.

La desaparición de grandes superficies de vegetación incrementa además la competencia entre explotaciones por los lugares que conservan recursos suficientes.

Producir menos mientras producir cuesta más

Probablemente ahí se encuentre el verdadero problema de fondo.

Una mala cosecha puede soportarse ocasionalmente. Un incremento de costes también puede absorberse durante un tiempo. Una elevada mortalidad puede compensarse haciendo enjambres para compensar las pérdidas.

Lo realmente difícil es afrontar todos esos problemas simultáneamente y durante varias campañas consecutivas.

Combustible, alimentación suplementaria, medicamentos veterinarios, cera, material apícola, vehículos, seguros, mano de obra y desplazamientos han incrementado el coste de mantener cada colmena.

Pero la capacidad del productor para trasladar esos incrementos al precio de la miel es limitada.

La presión de las mieles importadas

A la ecuación se añade un problema comercial que las asociaciones apícolas llevan años denunciando: la competencia de las mieles importadas.

España continúa siendo una potencia apícola europea, pero al mismo tiempo mueve grandes volúmenes de miel procedente del extranjero.

En 2024 se importaron alrededor de 35.572 toneladas de miel, un 13% más que el año anterior, según los indicadores económicos del Ministerio de Agricultura.

El problema para el productor español no es únicamente que exista miel importada, sino la dificultad para competir con productos que pueden entrar en el mercado a precios muy inferiores a los costes de producción existentes en España.

Desde junio de 2026 se aplican, no obstante, nuevas exigencias europeas de etiquetado que obligan a identificar de manera más precisa los países de origen y sus porcentajes en las mezclas de miel. Una medida largamente demandada por el sector que debería aportar mayor transparencia al consumidor.

¿Una crisis coyuntural o un problema estructural?

Las noticias de Extremadura, Salamanca, Castilla y León o Galicia presentan características distintas, pero todas apuntan hacia la misma dirección.

El problema de la apicultura española empieza a parecer menos una sucesión de malas campañas y más un problema estructural de rentabilidad.

España sigue contando con uno de los sectores apícolas más profesionales de Europa y con cerca de tres millones de colmenas. La apicultura genera además un beneficio que va mucho más allá de la miel: presta un servicio de polinización imprescindible para cultivos y ecosistemas y mantiene actividad económica en numerosas zonas rurales.

Sin embargo, ese valor ambiental difícilmente puede sostenerse si mantener las colmenas deja de resultar económicamente viable para quienes viven de ellas.

La campaña de 2026 vuelve así a colocar sobre la mesa una pregunta cada vez más difícil de ignorar: ¿cuánto tiempo puede soportar una explotación produciendo menos miel mientras cada colmena cuesta más dinero mantenerla?

Porque detrás de los porcentajes de pérdidas, de las estadísticas de producción y de las peticiones de ayudas hay explotaciones familiares que llevan varias campañas intentando reconstruir colonias, controlar enfermedades, buscar nuevas floraciones y contener unos costes que no dejan de crecer.

Y quizá ese sea el dato verdaderamente preocupante de este final de verano: los problemas ya no llegan uno detrás de otro.

Están llegando todos a la vez.

Fuentes consultadas

Información y datos procedentes del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación; Asociación de Apicultores de Salamanca; UPA Castilla y León; UPA-UCE Extremadura; APAG Extremadura Asaja; Asociación Profesional Extremeña de Apicultores (APAEX); Agrupación Apícola de Galicia; Canal Extremadura; Cadena SER Salamanca; Diario de Pontevedra; Agronews Castilla y León y Junta de Castilla y León.

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