Termina la cosecha, extraemos la miel y aparece una pregunta que todos los apicultores nos hemos hecho alguna vez: ¿cómo conservar hasta la próxima temporada esos valiosos cuadros de cera ya estirada sin que la polilla acabe con ellos?

El tema ha surgido estos días en el grupo de WhatsApp de Tierras Apícolas y las respuestas reflejan bastante bien la variedad de métodos utilizados en nuestros colmenares.

Congelar los cuadros durante 24 o 48 horas. Pulverizarlos con Bacillus thuringiensis. Quemar una mecha de azufre dentro de un recipiente cerrado. Dejar que las propias abejas los protejan hasta que llegue el frío. Incluso utilizar hojas de higuera u otras plantas como repelentes.

Algunos de estos sistemas tienen una sólida base técnica. Otros forman parte de las prácticas tradicionales de los apicultores. Y con otros conviene tener bastante más cuidado de lo que parece.

Vamos a ver qué funciona, qué ventajas e inconvenientes tiene cada método y qué podemos considerar actualmente una buena práctica apícola.

¿Por qué es tan importante conservar bien los cuadros?

Un cuadro de cera estirada en buenas condiciones es mucho más que material usado.

Construir cera supone un importante esfuerzo energético para una colonia. Cuando en primavera proporcionamos panales ya construidos, las abejas pueden utilizarlos inmediatamente para almacenar néctar y polen o para ampliar la zona de cría, en lugar de invertir recursos y tiempo en estirar nuevos panales.

Por eso merece la pena conservar los cuadros que todavía tienen vida útil.

Pero cuando salen de las colmenas desaparece su mejor sistema de defensa: las propias abejas.

Es entonces cuando la polilla mayor de la cera (Galleria mellonella) —y también la polilla menor, Achroia grisella— puede encontrar un lugar perfecto para reproducirse.

Y, en condiciones favorables de temperatura, el daño puede avanzar rápidamente.

No todos los cuadros tienen el mismo riesgo

Este es un primer aspecto importante.

Aunque popularmente hablamos de «polilla de la cera», las larvas muestran especial preferencia por los panales oscuros que han contenido cría, donde encuentran restos de polen, capullos, mudas y otras materias orgánicas.

Los panales claros procedentes de alzas melarias donde nunca se ha criado presentan mucho menos riesgo.

Por tanto, antes de pensar en tratamientos, la primera buena práctica consiste en seleccionar y clasificar los cuadros.

Los panales demasiado viejos, oscuros, deformados o deteriorados deberían incorporarse al programa de renovación de cera de la explotación. No tiene demasiado sentido conservar indefinidamente un cuadro simplemente porque todavía mantiene su forma.

Primera buena práctica: que las abejas hagan parte del trabajo

Una práctica muy interesante surgió precisamente en la conversación de nuestro grupo.

Después de extraer la miel, algunos apicultores devuelven los panales a las colonias durante un tiempo para que las propias abejas terminen de limpiar los restos de miel, los sequen y los mantengan protegidos.

Es una práctica sencilla y perfectamente coherente con las recomendaciones europeas de manejo de panales después de la extracción.

Una vez limpios, podemos retirarlos, seleccionar cuáles vamos a conservar y aplicar el sistema de almacenamiento elegido.

Y aquí comienzan las distintas posibilidades.

Opción 1. Congelar los cuadros: simple, limpio y muy eficaz

La pregunta que inició nuestra conversación fue muy concreta:

¿Sirve meter los cuadros en un congelador durante 24 o 48 horas?

La respuesta es sí.

De hecho, la congelación es uno de los métodos físicos recomendados actualmente dentro de las Buenas Prácticas Apícolas.

Una referencia especialmente interesante es B-THENET, proyecto europeo dedicado precisamente a identificar y difundir buenas prácticas apícolas. Entre sus recomendaciones para el control de la polilla se encuentra la congelación a aproximadamente −18 °C durante 24-48 horas.

Existen ensayos que demuestran que pueden bastar tiempos bastante inferiores cuando todo el material ha alcanzado determinada temperatura. El problema práctico está precisamente ahí: no basta con que el congelador marque −18 °C; todo el cuadro y la cera deben haber alcanzado la temperatura necesaria.

Para un apicultor resulta mucho más sencillo aplicar un margen amplio:

Método práctico

1. Introducir los cuadros en el congelador.

2. Mantenerlos aproximadamente 24-48 horas a unos −18 °C.

3. Sacarlos y dejar que recuperen temperatura evitando condensaciones excesivas.

4. Una vez secos, almacenarlos protegidos frente a nuevas polillas.

Este último punto es fundamental.

El congelador mata la polilla, pero no protege el cuadro para siempre

Es probablemente el error más fácil de cometer.

La congelación elimina las fases de la polilla presentes en ese momento. Pero si dos semanas después una polilla adulta puede acceder nuevamente a los cuadros y poner huevos, el problema comienza otra vez.

Por tanto:

Congelar → secar → almacenar protegido de una nueva infestación.

Para pequeñas explotaciones, el principal inconveniente es simplemente disponer de espacio suficiente en un congelador.

A cambio tenemos una ventaja enorme: no introducimos ninguna sustancia en la cera.

Opción 2. Frío, ventilación y almacenamiento adecuado

No siempre necesitamos congelar.

Las bajas temperaturas frenan extraordinariamente el desarrollo de la polilla. Por debajo de aproximadamente 10-15 °C su actividad disminuye mucho y a temperaturas inferiores a 10 °C los huevos no llegan a eclosionar normalmente.

Esto significa que, dependiendo de nuestra zona y de la época del año, un almacén naturalmente frío puede convertirse en un buen aliado.

También ayudan una correcta circulación del aire y la exposición a la luz.

El problema en buena parte de España es el periodo comprendido entre la extracción de la miel y la llegada efectiva del frío.

Septiembre e incluso octubre pueden mantener temperaturas excelentes para el desarrollo de Galleria mellonella.

Y para entonces el daño puede estar hecho.

Opción 3. Bacillus thuringiensis: una magnífica herramienta… con un matiz importante

Aquí llegamos probablemente al punto que más debate genera.

Varios apicultores del grupo comentaban excelentes experiencias utilizando Bacillus thuringiensis:

“Lo mezclas con agua, lo pulverizas, dejas secar los cuadros y los guardas. Mano de santo.”

La base científica del método es sólida.

Bacillus thuringiensis —Bt— es una bacteria utilizada desde hace décadas para el control biológico de determinadas larvas de lepidópteros.

Las larvas ingieren las proteínas producidas por la bacteria al comenzar a alimentarse y estas actúan sobre su aparato digestivo, impidiendo su desarrollo.

Para la polilla de la cera se desarrolló específicamente el conocido B401, posteriormente comercializado como B402 Certan, basado en Bacillus thuringiensis subsp. aizawai.

El tratamiento se realiza sobre las dos caras de los panales y, una vez secos, estos pueden almacenarse.

Frente a la congelación presenta una ventaja interesante: su efecto permanece sobre el panal durante el almacenamiento, de manera que las larvas que comiencen posteriormente a alimentarse encuentran el Bt.

Pero atención: no cualquier Bacillus sirve automáticamente para los cuadros

Este es posiblemente el punto más importante de todo el artículo.

Si buscamos «Bacillus thuringiensis» en Internet, Amazon o una tienda agrícola encontraremos numerosos productos.

Muchos se utilizan en agricultura ecológica para combatir orugas como la procesionaria, Tuta absoluta y otros lepidópteros.

Pero que todos contengan Bacillus thuringiensis no significa que todos estén formulados ni autorizados para pulverizar panales que posteriormente volverán a una colmena.

Existen diferentes subespecies, cepas, concentraciones y formulaciones comerciales.

Por ejemplo, muchos productos agrícolas utilizan Bacillus thuringiensis var. kurstaki, mientras que B401/B402 fue desarrollado específicamente con B. thuringiensis subsp. aizawai para el control de la polilla de la cera.

Y hay además una cuestión normativa: debemos utilizar cada producto para los usos contemplados en su autorización y siguiendo su etiqueta.

Por tanto, no recomendamos comprar cualquier bote de Bt agrícola y aplicar una receta encontrada en Internet sobre los cuadros.

¿Cómo se utilizaba B401/B402?

Esta información resulta útil para comprender el sistema, pero no debe utilizarse como receta para otros productos comerciales.

La formulación tradicional B401 se preparaba aproximadamente al 5 %, es decir:

1 parte de B401 por 19 partes de agua.

Por ejemplo:

  • 5 ml de producto + 95 ml de agua = 100 ml de preparado.
  • 10 ml + 190 ml de agua = 200 ml.
  • 50 ml + 950 ml de agua = 1 litro.

La solución se pulverizaba uniformemente sobre ambas caras del panal, sin necesidad de empaparlo, y posteriormente los cuadros se dejaban secar completamente antes de almacenarlos.

Como referencia, aproximadamente un litro de preparado permitía tratar unos 40 cuadros Langstroth, aunque naturalmente el consumo dependía del tamaño de los cuadros y del equipo de pulverización.

Pero insistimos: esta dosis corresponde a esa formulación concreta. No puede trasladarse a cualquier producto de Bacillus thuringiensis.

Actualmente, además, la disponibilidad y autorización de estos productos específicos varía según el país, por lo que debemos comprobar qué productos están autorizados en España en el momento de realizar el tratamiento.

¿Y el azufre?

Otro de los métodos que apareció repetidamente en nuestro grupo es probablemente uno de los más tradicionales.

Introducir los cuadros en un bidón metálico o apilar las alzas, quemar una mecha o pastilla de azufre y cerrar el conjunto.

¿Funciona?

El fundamento existe. Al quemar azufre se produce dióxido de azufre (SO₂), que tiene acción frente a la polilla.

Uno de los participantes planteaba una explicación alternativa muy interesante: quizá lo que protegía los cuadros dentro de su bidón hermético fuese el vacío producido al consumirse el oxígeno durante la combustión.

Aunque esa disminución de presión puede producirse en un recipiente cerrado, el efecto del tratamiento con azufre procede fundamentalmente del dióxido de azufre generado durante la combustión.

El método tiene, sin embargo, varios inconvenientes.

Implica combustión y riesgo de incendio, genera gases irritantes que no debemos respirar y su utilización reiterada puede deteriorar determinados componentes del material.

Además, la situación legal de los productos empleados para combatir la polilla debe comprobarse en cada país.

Por ello, aunque es un procedimiento tradicional y puede ser eficaz, desde un planteamiento moderno de Buenas Prácticas Apícolas priorizaríamos los métodos físicos y los productos biológicos específicamente autorizados frente a la fumigación rutinaria con azufre.

¿Y las hojas de higuera?

También surgió la pregunta:

“¿Alguien ha probado con hojas de higuera? Desprenden olor y quizá sean efectivas.”

Aquí debemos distinguir entre experiencia tradicional y eficacia demostrada.

Existen plantas, extractos vegetales y aceites esenciales que han mostrado cierta actividad repelente o insecticida frente a diferentes insectos. Pero de ahí no podemos concluir que colocar unas hojas de higuera entre los panales vaya a protegerlos durante varios meses frente a Galleria mellonella.

Puede ser interesante experimentar y compartir resultados.

Lo que no haríamos es confiar una pila de buenos cuadros de cera estirada exclusivamente a este sistema.

Como experiencia apícola, puede ser interesante. Como protocolo de Buenas Prácticas, actualmente no disponemos de base suficiente para recomendarlo.

Un método que directamente debemos descartar: paradiclorobenceno

Durante años también se utilizaron productos como el paradiclorobenceno para proteger los panales almacenados.

Hoy sabemos que no es una buena práctica.

Se han encontrado residuos de este insecticida tanto en miel como en cera reciclada. Por ello, este tipo de tratamiento no tiene cabida en una apicultura orientada a evitar contaminantes en los productos de la colmena.

Es un buen ejemplo de cómo las prácticas apícolas evolucionan.

Que algo se haya utilizado durante décadas no significa que hoy siga siendo la mejor opción.

Entonces, ¿cuál elegiríamos?

Para una explotación pequeña o mediana, nuestro protocolo sería bastante sencillo.

1. Después de la extracción, devolver durante un corto periodo los panales a las colonias para que las abejas limpien los restos de miel.

2. Seleccionar los cuadros. Los demasiado viejos, oscuros o deteriorados se destinan a renovación de cera.

3. Separar los cuadros de mayor riesgo, especialmente aquellos que hayan contenido cría o polen.

4. Aplicar preferentemente un método físico. Para pocos cuadros, congelación durante 24-48 horas a aproximadamente −18 °C es una alternativa sencilla, eficaz y sin residuos.

5. Dejar los cuadros secos antes de almacenarlos.

6. Impedir la reinfestación. Después de congelar, los cuadros deben permanecer protegidos del acceso de nuevas polillas.

Si disponemos de un producto biológico específicamente autorizado para el tratamiento de panales frente a la polilla, el Bacillus thuringiensis constituye también una alternativa muy interesante, siguiendo siempre la dosis y las instrucciones de esa formulación concreta.

Buenas prácticas no significa complicar la apicultura

Quizá esta sea la enseñanza más interesante de todo este debate.

En apicultura circulan multitud de soluciones transmitidas de unos apicultores a otros. Algunas funcionan extraordinariamente bien. Otras funcionaron durante décadas pero hoy sabemos que presentan inconvenientes. Y otras simplemente se repiten porque «siempre se ha hecho así».

Las Buenas Prácticas Apícolas no consisten en llenar el colmenar de protocolos.

Consisten precisamente en entender qué estamos haciendo, por qué lo hacemos y elegir la solución eficaz que genere menos riesgos para las abejas, el apicultor, la miel y la cera.

¿Quieres profundizar en las Buenas Prácticas Apícolas?

La conservación de los panales es solo una pequeña parte de un buen manejo de la explotación.

Higiene, prevención de enfermedades, alimentación, extracción y conservación de la miel, trazabilidad, prevención de contaminaciones, gestión de residuos o uso responsable de tratamientos forman parte de una misma manera de entender la apicultura: hacer las cosas bien desde el principio y evitar problemas antes de que aparezcan.

En Tierras Apícolas hemos reunido estos conocimientos en nuestro Curso Online de Buenas Prácticas Apícolas, una formación práctica que puedes realizar a tu ritmo, con vídeos, materiales descargables y certificado al finalizar.

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Porque mejorar una explotación no siempre consiste en hacer más. Muchas veces consiste simplemente en hacer mejor lo que ya hacemos.

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