Hoy he tenido mentoría financiera en el coworking de la JCCM, EOI y CEOE Cuenca.
Y ahí estaba yo, abogado de formación, con cara de póker ante un Excel que parecía salido de la NASA.
Mis neuronas pedían clemencia.
Mientras tanto, pensaba en las verdaderas maestras de los números: las abejas.
Sí, esas pequeñas matemáticas con alas.
¿Sabías que pueden reconocer el concepto de “cero”?
Para que alucines un poco: un experimento publicado en 2018 en la revista Science demostró que las abejas eran capaces de distinguir una imagen con “nada” (sin elementos) como una cantidad menor frente a otra con varios puntos. Este reconocimiento del “cero” es algo que solo unos pocos animales en el planeta pueden hacer, como algunos primates y delfines.
Pero no solo eso. Las abejas no dominan solo la aritmética básica, sino también la ingeniería estructural.
Los panales están formados por celdas hexagonales. ¿Por qué hexágonos y no círculos o cuadrados?
Porque el hexágono es la forma geométrica más eficiente:
- Usa la menor cantidad de cera para construir cada celda.
- Aprovecha al máximo el espacio sin dejar huecos.
- Distribuye el peso de forma uniforme, lo que aporta una resistencia estructural impresionante.
Los matemáticos llaman a esto el “problema del panal”, y la ciencia ha confirmado que no existe ninguna otra forma geométrica que logre más con menos. Las abejas lo saben desde hace millones de años. Nosotros apenas lo estamos entendiendo.
Yo, mientras tanto, intentaba recordar cómo se calculaba un margen bruto sin la ayuda de ChatGPT.
Pero todo sea por lanzar el Producto Mínimo Viable de la bio-monitorización ambiental con colmenas, una tecnología que convierte a nuestras queridas abejas en vigilantes medioambientales: recogen datos sobre el entorno con una precisión brutal, y nos avisan de lo que ni siquiera vemos.
Ellas trabajan. Nosotros aprendemos.
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